Saltar al contenido
Home » La Sonrisa de Bailey » ¿Qué siente tu perro cuando llegas a casa? La emoción del reencuentro.

¿Qué siente tu perro cuando llegas a casa? La emoción del reencuentro.

¡¡¡Hola amigos de dos patas!!! 🐾

Hay un momento del día que, para muchos perros, es el más importante de todos. No tiene reloj fijo ni depende del clima. No entiende de prisas ni de agendas. Es ese instante en el que una llave gira, una puerta se abre… y tú vuelves a casa.

Puede que para ti sea solo el final de la jornada. Para nosotros, es un pequeño acontecimiento emocional.

A menudo escucho frases como: “se vuelve loco cuando llego”, “llora, salta, no se controla”, “parece que me ha echado de menos demasiado”. Y aunque desde fuera pueda parecer exagerado, lo cierto es que el reencuentro dice muchísimo sobre cómo se ha sentido tu perro durante tu ausencia… y sobre el vínculo que compartís.

Cuando sales de casa, tu perro no piensa en horas ni en minutos. No sabe si vuelves “en un rato” o “más tarde”. Lo que percibe es una ruptura momentánea de la rutina y de la seguridad. Para algunos perros eso pasa casi desapercibido. Para otros, deja un pequeño vacío. Y para otros, un vacío grande.

Durante el tiempo que no estás, tu perro hace lo que mejor sabe hacer: esperar a su manera. Algunos duermen profundamente. Otros se mueven de un sitio a otro. Otros se quedan cerca de la puerta. Algunos gestionan bien ese tiempo; otros no tanto. Pero todos, absolutamente todos, registran tu regreso como algo significativo.

Por eso, cuando entras por la puerta, no solo ve a su humano. Ve el final de una incertidumbre.

La emoción del reencuentro no siempre se expresa igual. Hay perros que corren como si el suelo quemara, que saltan, que vocalizan, que traen juguetes, que se pegan al cuerpo como si necesitaran comprobar que eres real. Otros se acercan despacio, con el rabo suave, con una calma que parece indiferencia… pero no lo es. Simplemente cada perro tiene su idioma emocional.

El problema suele aparecer cuando interpretamos esas reacciones solo desde nuestro punto de vista. Cuando vemos a un perro desbordado y pensamos que es “demasiado dependiente”. O cuando vemos a uno tranquilo y creemos que “le da igual que lleguemos”.

Ni una cosa ni la otra.

Un perro que se desborda al verte llegar no siempre está celebrando. A veces está liberando tensión acumulada. Es como quitar una tapa a presión. Durante horas ha estado conteniéndose, adaptándose, esperando. Y cuando apareces, todo eso sale de golpe. No porque quiera montar una fiesta, sino porque su sistema nervioso por fin puede bajar la guardia.

Y aquí es donde, sin querer, solemos meter la pata.

Llegamos a casa cansados, con la cabeza llena de cosas, y nos encontramos con un perro que salta, empuja, ladra o no se separa. Entonces aparecen los “tranquilo”, los empujones suaves, el enfado, o el gesto de ignorar completamente hasta que “se calme”. Con buena intención, claro. Pero a veces ese momento necesita menos corrección y más comprensión.

Ignorar por completo un reencuentro intenso puede aumentar la frustración del perro. Regañarlo puede hacerle sentir que su emoción es incorrecta. Sobreexcitarlo todavía más puede alimentar el descontrol. El equilibrio no es fácil, pero existe: presencia calmada.

Entrar, respirar, moverte despacio, hablarle con tono normal, permitir que se acerque sin reforzar la locura ni castigar la emoción. Dar tiempo. Porque la emoción, si no se lucha contra ella, suele bajar sola.

También ocurre lo contrario. Perros que cuando llegas apenas reaccionan. Siguen en su cama, levantan la cabeza, se estiran y poco más. Y entonces escucho: “creo que no me echa de menos”. Pero ese pensamiento suele decir más de la inseguridad humana que del perro.

Muchos perros tranquilos en el reencuentro son perros bien regulados. Perros que confían en que vuelves. Que no han vivido la ausencia como una amenaza. Que saben que el vínculo no se rompe porque cruces la puerta. Su calma no es frialdad; es seguridad.

La emoción del reencuentro también está muy relacionada con cómo es la despedida. Las salidas cargadas de dramatismo, de palabras largas, de abrazos tensos, suelen dejar al perro más alterado durante la ausencia. Las despedidas neutras, tranquilas, casi aburridas, ayudan a que el regreso también lo sea.

No se trata de no querer al perro. Se trata de no convertir cada salida y cada entrada en una montaña rusa emocional.

Hay perros que, tras un reencuentro muy intenso, tardan mucho en volver a la calma. Van de un lado a otro, siguen excitados, no se acomodan. Eso también es información. Nos habla de un sistema nervioso que le cuesta regularse solo. No es mala educación. Es una señal.

En esos casos, el reencuentro puede convertirse en una oportunidad preciosa para ayudar. Un paseo tranquilo después de llegar, un rato de olfato, una rutina predecible que le diga “todo está bien, el día sigue su curso”. No hace falta hacer grandes cosas. A veces basta con hacerlas siempre igual.

Porque los perros no miden el amor por la intensidad del saludo, sino por la coherencia del vínculo. Por saber qué esperar. Por sentir que el mundo tiene sentido incluso cuando tú no estás.

Así que la próxima vez que entres por la puerta, observa. No juzgues. Pregúntate qué te está contando tu perro con su cuerpo, con su forma de acercarse, con su manera de mirarte. Ahí hay mucha información valiosa.

El reencuentro no es solo una fiesta. Es un diálogo silencioso.
Y cuando aprendemos a escucharlo, la convivencia se vuelve mucho más sencilla.

Aquí sigue Bailey. Aunque me haya vuelto invisible, mi rabo no ha dejado de moverse y mi voz ladra suave, desde las estrellas, para que nunca olvidéis cómo se ama a un perro.

¡¡¡Lametones a todos desde el otro lado de la correa!!! 🐶💛

whatsapp