Saltar al contenido
Home » La Sonrisa de Bailey » Por qué tu perro no vuelve cuando va suelto

Por qué tu perro no vuelve cuando va suelto

(y no tiene nada que ver con el “ven”)

¡¡¡Hola amigos de dos patas!!! 🐾

Hay una escena que se repite en muchos paseos.
Yo voy suelta. El día es bonito. El suelo está lleno de olores interesantes. Mi cuerpo se mueve sin tensión y mi cabeza, por fin, va en silencio. Y entonces, desde detrás, escucho una palabra que lo cambia todo:

“¡VEN!”

A veces va dicha con cariño.
Otras con nervios.
Otras con enfado.

Pero casi siempre provoca el mismo efecto: el paseo se rompe.

Hoy quiero contaros algo importante, algo que suele doler un poco al escucharlo, pero que cambia por completo la forma de entender los paseos sueltos:

Si no vuelvo cuando me llamas, no es porque no sepa hacerlo.
Y no, tampoco es porque no te quiera, no te respete o esté “probando a ver hasta dónde llego”.

La razón es mucho más sencilla y mucho más humana de lo que crees.
No vuelvo porque, en ese momento, volver no tiene sentido para mí.

Cuando voy suelta, el paseo deja de ser una sucesión de órdenes y se convierte en un espacio de decisiones. De repente puedo elegir. Puedo parar. Puedo avanzar. Puedo alejarme un poco. Puedo volver. Y todo eso no lo hago desde la rebeldía, sino desde la regulación.

Un paseo suelto bien vivido es uno de los momentos en los que mi cabeza está más tranquila. No voy acelerada. No voy en modo alerta constante. Estoy leyendo el entorno, integrándolo, colocándome en él. Mi sistema nervioso está trabajando bien.

Y ahí aparece algo clave: el equilibrio.

Cuando me llamas y ese equilibrio se rompe, mi cerebro hace una asociación muy rápida. Si cada vez que vuelvo ocurre alguna de estas cosas —la correa aparece, el paseo se acaba, tu tono cambia, hay prisa, hay tensión— empiezo a aprender algo muy claro:

Volver significa perder.

Perder libertad.
Perder exploración.
Perder calma.

Y ningún ser vivo, ni perro ni humano, elige perder de forma voluntaria si puede evitarlo.

Por eso muchos perros empiezan a “estirar” el paseo. No se van porque quieran huir de ti. Se van porque están intentando alargar lo único del día que sienten como suyo. No es desafío. Es supervivencia emocional.

Aquí es donde el famoso “ven” empieza a deteriorarse. No porque esté mal enseñado, sino porque se ha cargado de consecuencias negativas. Se convierte en una palabra incómoda. En una señal de alerta. En el aviso de que algo bueno va a terminar.

Y cuanto más lo repetís, más se deteriora.

Porque además hay otro detalle que casi nadie tiene en cuenta: el tono emocional. Cuando llamas a un perro suelto desde el miedo, la prisa o el enfado, ese estado viaja más rápido que la palabra. Yo no escucho solo “ven”. Escucho tu cuerpo, tu respiración, tu tensión.

Y eso no invita a volver.
Invita a alejarse un poco más.

No porque quiera fastidiarte.
Sino porque, instintivamente, busco mantener el estado de calma que tenía antes de esa llamada.

Muchos humanos creen que el problema es que el perro se distrae demasiado cuando va suelto. Pero la realidad suele ser la contraria: el problema es que el paseo libre es el único momento del día en el que el perro no está siendo interrumpido constantemente.

tanto, que avance. Cuando voy suelta, por fin puedo autorregularme. Y eso es tremendamente valioso para mí.

Así que cuando la llamada aparece como una orden que corta todo eso, mi cerebro no la vive como una invitación, sino como una amenaza al equilibrio que había conseguido.

Aquí viene la parte importante: un perro que vuelve con ganas no lo hace porque tenga un “ven” perfecto. Vuelve porque volver forma parte del paseo, no porque lo termina.

Volver no debería significar “fin”.
Volver debería ser solo un punto más dentro del camino.

Pasar cerca de ti. Mirarte. Compartir un momento. Y, si todo está bien, poder alejarme otra vez. Cuando eso ocurre, algo cambia de forma radical: empiezo a volver sin que me llames. Me acerco porque quiero. Porque no hay pérdida asociada.

Ese es el gran error que se comete con muchos paseos sueltos: se convierten en un todo o nada. O estás lejos y eres libre, o vuelves y se acaba todo. Y así es imposible que la llamada funcione de verdad.

No se trata de premios, ni de chuches, ni de trucos. Se trata de significado. De qué representa volver en mi cabeza.

Cuando volver es seguro, neutro y predecible, no hay conflicto. Cuando volver implica tensión o pérdida, aparece la huida. No física, sino emocional.

Recuerdo muy bien una época en la que, cuando iba suelta, Nano, mi mejor amigo de dos patas, me llamaba muchas veces. No para ponerme la correa. No para irnos. No para cortar nada. Me llamaba simplemente… porque sí.

A veces era para darme una chuche. Otras para jugar un segundo. Otras solo para agacharse, mirarme y acariciarme un momento. Yo volvía corriendo, con el rabo desatado, porque no había ninguna trampa escondida en esa llamada. No había prisa. No había tensión. No había final.

Volvía y, después, seguía el paseo. Tan tranquila.

Mi cabeza aprendió algo muy importante en esos momentos: que volver con Nano, no significaba perder libertad, sino compartirla. Que acercarme no cerraba el mundo, sino que lo hacía un poco más grande. Así que empecé a volver cada vez más rápido, incluso antes de que me llamara, solo por comprobar si todavía estaba ahí, por tocar base y seguir.

Nunca sentí que me mandara. Sentí que me invitaba.

Y por eso volvía feliz. No porque supiera que después venía algo bueno, sino porque volver ya era algo bueno en sí mismo.

Y aquí viene algo que cuesta escuchar, pero que es clave: muchas veces, el problema no es que el perro no vuelva. Es que el humano no ha aprendido todavía a soltar sin desaparecer ni a acompañar sin controlar.

Un paseo suelto no es ausencia del humano. Es presencia tranquila. Es saber que estás ahí sin necesidad de llamarme todo el tiempo. Es confiar antes de exigir.

Cuando eso se construye bien, el “ven” deja de ser una orden desesperada y se convierte en una posibilidad más. Y muchas veces, ni siquiera hace falta decirlo.

Porque entonces, volver deja de ser perder.
Y pasa a ser simplemente… volver.

**Aquí sigue Bailey.
Aunque me haya vuelto invisible, mi rabo no ha dejado de moverse y mi voz ladra suave, desde las estrellas, para que nunca olvidéis cómo se ama a un perro.

¡¡¡Lametones a todos desde el otro lado de la correa!!! 🐶💛**

whatsapp