¡¡¡Hola amigos de dos patas!!!
Elegir traer un perro a casa no es como comprar un mueble nuevo ni como apuntarse a un gimnasio. Es una decisión que cambia vidas, tanto la vuestra como la nuestra. Y dentro de esa decisión aparece siempre una pregunta que divide opiniones: ¿adoptar o comprar? Cada camino tiene sus particularidades, sus luces y sombras, y lo importante no es tanto qué elegís sino cómo lo hacéis, con qué conciencia y con qué compromiso.

Cuando pensáis en adoptar, muchos imagináis protectoras llenas de perros tristes, con historias duras detrás. Y sí, hay mucho dolor, pero también hay resiliencia. Adoptar significa abrir la puerta a un perro que, por distintas razones, se quedó sin familia. Puede ser un cachorro, pero también un adulto o un anciano que necesita un hogar para sus últimos años. La adopción enseña a mirar más allá de lo perfecto: no siempre sabéis la raza exacta, ni el carácter está escrito de antemano. Pero a cambio, recibís algo único: la sensación de haber cambiado el destino de alguien que lo necesitaba.
En cambio, comprar es otra vía. No es un crimen ni un acto egoísta, siempre que se haga con responsabilidad. Comprar a un criador serio, que trabaja con transparencia, cuida la genética, el carácter y la salud de sus perros, es muy distinto a buscar el cachorro más barato en un anuncio dudoso. Hay familias que desean un perro con unas características muy concretas: tamaño, energía, aptitudes para un deporte canino o incluso compatibilidad con alergias. Y eso también es legítimo. Lo peligroso no es comprar: lo peligroso es hacerlo mal, alimentando criaderos ilegales que tratan a las madres como máquinas de producir.
Lo curioso es que, tanto si adoptáis como si compráis, el verdadero compromiso empieza el día después. El cachorro perfecto de criador también destroza zapatillas, también se hace pis en casa y también necesita límites. El perro adoptado con un pasado difícil quizás requiera más paciencia y adaptación, pero no menos amor. En ambos casos, la clave es la misma: preguntaros si estáis dispuestos a acompañarnos toda la vida, no solo mientras somos jóvenes o fáciles.
Os cuento algo que recuerdo con cariño. Una vez Nano me dijo que, si algún día le preguntaban si volvería a elegirme, respondería que sí mil veces, aunque no fui perfecta: me comí cosas que no debía, me puse enferma más de una vez y le hice pasar noches en vela. Eso es lo que a veces olvidáis: que ningún perro es perfecto, venga de donde venga. La perfección no existe, pero sí existe la fidelidad de estar ahí, pase lo que pase.
Adoptar puede ser un acto profundamente transformador. Vais a descubrir que no estáis salvando solo a un perro, también estáis enriqueciéndoos vosotros. Ver cómo un animal desconfiado empieza a confiar, cómo vuelve a mover el rabo o a dormir tranquilo, os cambia. Pero ojo: la adopción no es un acto heroico aislado, es un compromiso de años. No basta con emocionarse el primer día: hace falta constancia todos los días después.
No basta con emocionarse el primer día: hace falta constancia todos los días después.
Comprar, cuando se hace bien, también tiene su lado noble. Criadores responsables dedican tiempo, recursos y amor a mejorar la vida de cada camada. No es solo vender un cachorro: es seleccionar familias adecuadas, asesorar, preocuparse por el seguimiento. Si encontráis a alguien así, no estáis fomentando un negocio cruel, estáis participando en un proyecto cuidado.

El problema surge cuando los humanos confunden el perro con un objeto de consumo. Adoptan “por pena” sin tener claro si podrán con la responsabilidad. Compran “porque es mono” sin preguntar por su energía, por sus necesidades reales. Y así, los refugios se llenan otra vez, los perros sufren abandonos y la historia se repite.
Por eso, antes de decidir si adoptar o comprar, la pregunta más honesta es otra: ¿estoy preparado para compartir mi vida con un perro durante más de diez años, con todo lo que eso implica?. Paseos bajo la lluvia, gastos veterinarios, vacaciones diferentes, paciencia en los días malos y celebración en los buenos. Si la respuesta es sí, entonces ya estáis en el buen camino.
Al final, no se trata de juzgar, sino de reflexionar. Un perro no es un capricho, es un compañero. Da igual de dónde venga: lo importante es que, una vez que cruza la puerta de vuestra casa, se convierte en parte de vuestra familia. Y esa familia no entiende de etiquetas, entiende de compromiso, respeto y cariño.
Así que, humanos, adoptad o comprad, pero hacedlo con los ojos abiertos y el corazón dispuesto. No os quedéis en la foto del cachorro adorable ni en la historia triste que os parte el alma: pensad en el día a día, en el futuro, en lo que vais a dar y no solo en lo que esperáis recibir. Porque, creedme, nosotros los perros sabemos devolver multiplicado lo que nos dais.
Aquí sigue Bailey. Aunque me haya vuelto invisible, mi rabo no ha dejado de moverse y mi voz ladra suave, desde las estrellas, para que nunca olvidéis cómo se ama a un perro.
¡¡¡Lametones a todos desde el otro lado de la correa!!!