¡¡¡Hola amigos de dos patas!!! 🐾
Hoy quiero hablaros de algo que escucho muchísimo cuando voy por la calle (sí, incluso desde donde estoy ahora):
“Mi perro se porta fatal fuera de casa.”
“En casa es un santo, pero en la calle… un desastre.”
“Parece que lo hace a propósito.”
Y dejad que empiece con algo importante, dicho con cariño y sin juicio:
vuestro perro no “se porta mal” en la calle.
Lo que pasa es que la calle es, para muchos perros, un lugar bastante caótico.
Cuando decís que un perro se porta mal, normalmente habláis de tirar de la correa, ladrar a otros perros, quedarse bloqueado, no atender, olfatear como si no hubiera un mañana, ponerse nervioso, frustrarse o parecer que va “pasado de vueltas”. Y todo eso, aunque resulte agotador, no suele tener nada que ver con mala intención.
Tiene que ver con algo mucho más simple y mucho más complejo a la vez: cómo vive vuestro perro el mundo exterior.
Para muchos humanos, salir a la calle es algo neutro. Algo cotidiano. Algo que hacemos casi sin pensar. Pero para un perro, la calle es una explosión constante de estímulos. Olores nuevos cada pocos pasos, ruidos imprevisibles, otros perros, personas, bicicletas, motos, cambios de ritmo, tensiones en la correa… Todo eso ocurre al mismo tiempo, sin filtro y sin pausa.
Imaginaos intentar mantener una conversación tranquila en mitad de un concierto, con alguien tirándoos del brazo y diciéndoos “concéntrate”. Más o menos por ahí van los tiros.

Hay perros que, ante ese caos, se aceleran. Se ponen intensos, tiran, ladran, parecen no escuchar nada. No porque quieran llevar la contraria, sino porque su sistema nervioso va más rápido que su capacidad de autocontrol. El cuerpo manda y el cerebro racional se queda atrás.
Otros perros hacen justo lo contrario: se bloquean. Caminan despacio, se paran, no responden, parecen testarudos. Y muchas veces lo que están haciendo no es desafiaros, sino intentar procesar demasiado a la vez.
Y luego están esos perros que olfatean sin parar, que se quedan clavados en una esquina como si hubieran encontrado el secreto del universo. A veces eso desespera, pero conviene saber que oler es una de las principales formas que tenemos de regularnos emocionalmente. No es una pérdida de tiempo: es una necesidad.
Además, hay algo que muchas veces pasa desapercibido: cuando llueve, los olores cambian por completo. El agua levanta aromas que normalmente están dormidos, arrastra partículas, mezcla rastros antiguos con nuevos y transforma lugares conocidos en escenarios totalmente distintos para nosotros. Una calle que tu perro ha recorrido mil veces puede convertirse, tras la lluvia, en un auténtico descubrimiento. Para que lo entendáis mejor, imaginad una calle llena de tiendas que conocéis de memoria y que, de repente, un día aparezca con todos los escaparates cambiados. Seguiríais caminando sin mirar… ¿o os detendríais en cada uno? Para muchos perros, eso es exactamente lo que ocurre cuando el suelo está mojado: no están perdiendo el tiempo, están releyendo el mundo.

Uno de los mayores problemas aparece cuando esperamos que la calle funcione como el salón de casa. En casa hay rutinas claras, pocos estímulos, control del entorno y una sensación de seguridad bastante estable. En la calle no. En la calle el mundo manda. Y pedirle a un perro que se comporte igual en ambos contextos es, muchas veces, pedirle demasiado.
Aquí es donde suelen aparecer los errores bienintencionados. Tirar más de la correa para “controlar”. Repetir órdenes cada vez más alto. Enfadarse porque “ya sabe hacerlo”. Compararlo con otros perros que parecen ir perfectos. Todo eso, lejos de ayudar, añade más presión a un perro que ya va justo.
La correa, por ejemplo. Para muchos perros no es solo una herramienta de paseo, es una fuente constante de información emocional. Si va tensa, el mensaje es claro: algo no va bien. Si se acorta de golpe cuando aparece un estímulo, el cuerpo del perro se prepara para el conflicto incluso antes de que ocurra nada. No porque sea agresivo, sino porque su cerebro aprende asociaciones muy rápido.
Otro punto clave es el ritmo. Muchos paseos van demasiado deprisa. Salir, caminar, llegar a destino. Pero los perros no procesan el mundo caminando en línea recta y sin detenerse. Necesitan parar, observar, oler, tomar decisiones pequeñas. Cuando no tienen espacio para eso, el estrés se acumula y acaba saliendo por algún sitio.
También conviene hablar de expectativas. A veces el perro “se porta mal” justo cuando más le pedimos que lo haga bien. Cuando vamos con prisa. Cuando estamos cansados. Cuando necesitamos que el paseo sea rápido y eficiente. Y el perro, que no entiende agendas ni relojes, se encuentra de repente siendo arrastrado por una situación que no controla.
No es raro que en ese punto aparezcan conductas que etiquetamos como malas: tirones, ladridos, frustración. Pero si miramos un poco más hondo, lo que suele haber es una dificultad real para gestionar el entorno.
Entender esto no significa justificarlo todo ni resignarse. Significa cambiar la pregunta. En lugar de “¿por qué se porta mal?”, empezar a preguntarse:
“¿Qué le está resultando difícil aquí?”
“¿Qué estímulo le supera?”
“¿Qué necesita para poder hacerlo mejor?”
A veces la respuesta es bajar expectativas. Otras, ajustar el tipo de paseo. Otras, cambiar horarios, recorridos, ritmos. Y en muchos casos, aprender a leer las señales tempranas antes de que el caos explote. Porque casi nunca explota de repente. Suele avisar.
Un perro que empieza a tirar más, que jadea, que deja de responder, que se tensa al ver algo a lo lejos… está hablando. No con palabras, pero sí con el cuerpo. Escuchar eso a tiempo marca una diferencia enorme.
Y si a pesar de todo el paseo sigue siendo una lucha diaria, pedir ayuda no es un fracaso. Es una decisión inteligente. A veces hace falta alguien que traduzca lo que está pasando, que ajuste el proceso y que devuelva un poco de calma tanto al perro como al humano.
Porque pasear no debería ser una guerra.
Debería ser un espacio compartido, imperfecto, a veces caótico, pero seguro.
Así que la próxima vez que penséis que vuestro perro “se porta mal” en la calle, respirad hondo y mirad la escena con otros ojos. Quizá no haya un perro malo delante. Quizá haya un perro intentando sobrevivir a un mundo que va demasiado rápido.
Y acompañar eso, aunque no siempre sea fácil, suele cambiarlo todo.
Aquí sigue Bailey. Aunque me haya vuelto invisible, mi rabo no ha dejado de moverse y mi voz ladra suave, desde las estrellas, para que nunca olvidéis cómo se ama a un perro.
¡¡¡Lametones a todos desde el otro lado de la correa!!! 🐶💛