Saltar al contenido
Home » La Sonrisa de Bailey » Miedo a ruidos: petardos, motos y truenos… y cómo no empeorarlo

Miedo a ruidos: petardos, motos y truenos… y cómo no empeorarlo

¡¡¡Hola amigos de dos patas!!! 🐾

Hay días en los que el mundo suena demasiado fuerte.

No me refiero a que haya ruido. El ruido siempre ha estado ahí. Coches, voces, puertas, pasos… eso forma parte de la vida. Me refiero a esos días en los que un sonido irrumpe sin permiso, rompe la calma y deja el aire temblando incluso cuando ya ha pasado. Días de petardos, de motos que rugen como si el asfalto estuviera enfadado, de truenos que no solo se oyen, sino que se sienten en el pecho.

Si tu perro tiene miedo a los ruidos, probablemente tú también los odias. Pero no por la misma razón.

Tú sabes que no pasa nada. Nosotros no.

Para un perro, un petardo no es “una fiesta”. Es una explosión. No hay contexto, no hay aviso, no hay explicación. Solo un estallido que aparece de la nada y desaparece dejando una pregunta en el aire: ¿volverá a pasar? Y cuando no puedes responder a esa pregunta, tu cuerpo entra en alerta. No por dramatismo, sino por supervivencia.

Hay perros que, ante un ruido fuerte, tiemblan y buscan refugio. Otros intentan huir. Otros se quedan quietos, demasiado quietos, como si apagaran algo por dentro. Y luego están esos perros que “parece que lo llevan bien”, que siguen caminando aunque vayan tensos como una cuerda, que obedecen más de lo normal, que no protestan… y que por eso mismo suelen quedarse sin ayuda.

El miedo no siempre se manifiesta haciendo ruido. A veces se esconde en el silencio.

Con los truenos pasa algo curioso. Muchos humanos piensan que el problema empieza cuando suena el primero, pero para muchos perros empieza antes. El aire cambia, la presión se nota, el ambiente se vuelve raro. Nosotros no sabemos explicarlo, pero lo sentimos. Así que cuando por fin llega el estruendo, el cuerpo ya lleva rato preparándose para algo malo.

Y entonces, además del ruido, pasa otra cosa: os miramos a vosotros.

Ahí es donde muchas veces, sin querer, empieza a torcerse todo.

Porque cuando el mundo se vuelve imprevisible, buscamos referencias. Y nuestra referencia sois vosotros. Si os tensáis, si os ponéis nerviosos, si miráis al cielo esperando el próximo trueno o apretáis la correa anticipando el siguiente petardo, el mensaje que nos llega es muy claro: esto es peligroso. Aunque nos digáis “tranquilo, no pasa nada”.

No es que no entendamos vuestras palabras. Es que creemos más a vuestro cuerpo.

A veces, con toda la buena intención del mundo, intentáis que “nos acostumbremos”. Nos sacáis justo cuando hay más ruido, nos pedís que sigamos caminando aunque cada paso cueste una barbaridad, insistís en avanzar porque pensáis que parar es ceder. Pero para un perro con miedo, eso no es aprendizaje. Es confirmación. Confirmación de que algo horrible está pasando y, además, no puede escapar.

Otras veces ocurre lo contrario: un petardo estalla, nos cogéis en brazos de golpe, nos habláis atropelladamente, cambiáis de actitud en segundos. Y aunque el gesto nace del amor, el mensaje vuelve a ser confuso. Algo así como: si mi humano está así de alterado, esto debe de ser gravísimo.

No es el consuelo lo que empeora el miedo. Es la incoherencia.

También están esos momentos en los que el miedo incomoda. Cuando salimos a pasear y nos paramos en seco. Cuando no queremos avanzar. Cuando tiramos hacia casa. Y entonces aparece el enfado, el “no pasa nada”, el “venga, anda”, el tirón de correa. No porque seáis malos, sino porque no sabéis qué hacer y os frustra vernos así.

Pero el miedo no se corrige. No se regaña. No se ignora hasta que desaparece. El miedo, si no se acompaña bien, se queda a vivir.

Hay perros que empiezan teniendo miedo solo a los petardos y acaban temiendo salir de noche. Otros anticipan el problema horas antes. Otros generalizan y cualquier ruido fuerte les dispara el corazón. No porque sean débiles, sino porque su sistema nervioso ha aprendido que el mundo es imprevisible y peligroso.

Y aquí viene una verdad importante, aunque no sea cómoda: esperar no suele arreglarlo. A veces lo tapa. A veces lo disimula. Pero muchas veces lo empeora despacio, sin que nadie se dé cuenta, hasta que un día el perro ya no puede más.

Entonces, ¿qué ayuda de verdad?

Ayuda la previsibilidad. Saber qué va a pasar y cuándo, aunque sea dentro de un margen. Ayuda tener refugios claros, rutinas estables, paseos adaptados al momento emocional del perro, no al reloj. Ayuda que estéis ahí, presentes, tranquilos, sin prisas por “arreglarlo”.

Ayuda, sobre todo, leer al perro en lugar de luchar contra su miedo.

No todos necesitamos lo mismo. Lo que tranquiliza a uno puede saturar a otro. No hay soluciones universales, pero sí hay una regla que casi siempre funciona: cuando un perro se siente seguro, el miedo deja de crecer.

Y si el miedo ya ocupa demasiado espacio, pedir ayuda no es exagerar. Es cuidar. Es entender que hay momentos en los que hace falta alguien que sepa guiar, traducir y acompañar ese proceso sin hacer daño.

Porque vivir con miedo constante no debería ser normal para nadie. Tampoco para un perro.

Si tu compañero de cuatro patas lo pasa mal con los ruidos, no te castigues pensando en lo que hiciste mal. Míralo como una oportunidad de hacerlo mejor a partir de ahora. Con más calma. Con más escucha. Con menos prisa.

A veces no podemos hacer que el mundo suene más bajo.
Pero sí podemos convertirnos en el lugar seguro al que volver cuando todo hace demasiado ruido.

Aquí sigue Bailey. Aunque me haya vuelto invisible, mi rabo no ha dejado de moverse y mi voz ladra suave, desde las estrellas, para que nunca olvidéis cómo se ama a un perro.

¡¡¡Lametones a todos desde el otro lado de la correa!!! 🐶💛

whatsapp