¡¡¡Hola amigos de dos patas!!!
Vivir en la ciudad tiene sus ventajas: parques cerca, clínicas veterinarias a mano, actividades para todos los gustos. Pero también trae consigo un gran reto para los perros: la soledad. Los humanos pasáis muchas horas fuera de casa, atrapados entre el trabajo, el transporte y las obligaciones diarias, y en medio de todo ese trajín estamos nosotros, los peludos, esperando vuestro regreso. Aprender a estar solos de manera tranquila no es un don mágico, es un proceso de aprendizaje y adaptación en el que vosotros tenéis un papel clave.
La soledad no siempre es natural
A menudo los humanos decís: “Si los lobos viven en manada, ¿cómo es que un perro no puede quedarse solo un rato?”. La respuesta es sencilla: porque no es lo mismo. Los lobos viven siempre acompañados, y nosotros, aunque seamos perros domésticos, seguimos llevando dentro esa herencia social. Somos animales de compañía, literalmente. Por eso, cuando nos dejáis solos sin preparación, no siempre lo entendemos como algo normal.
Para algunos perros, la soledad provoca ansiedad. Los síntomas van desde lloros, ladridos y aullidos hasta comportamientos destructivos, como morder muebles o destrozar cojines. Otros reaccionan de forma más silenciosa, pero no menos preocupante: jadean, tiemblan, babean en exceso o incluso se hacen pis dentro de casa. No lo hacemos por venganza ni por “mala leche”; lo hacemos porque nos falta seguridad.
La importancia de enseñar desde el principio
La mejor manera de prevenir problemas es acostumbrarnos a la soledad desde cachorros. Igual que nos enseñáis a pasear con correa o a sentarnos para recibir premio, también necesitamos aprender que estar solos forma parte de la vida. No basta con dejar al cachorro solo de golpe durante horas; hay que construir la tolerancia poco a poco.
Podéis empezar con minutos: salís de la habitación, volvéis enseguida y nos dais un refuerzo tranquilo (no una fiesta desbordada). Luego vais ampliando el tiempo: cinco minutos, diez, media hora. Así entendemos que vuestra marcha no significa abandono, sino una pausa entre momentos de compañía.
La rutina como aliada
Los perros adoramos las rutinas porque nos aportan previsibilidad. Si cada mañana antes de iros de casa dais un paseo, jugáis un rato y luego nos dejáis tranquilos, el mensaje queda claro: “ahora toca descansar”. Esa rutina, repetida día tras día, nos ayuda a asociar vuestra salida con un momento de calma, no con un drama.

Un consejo clave: evitad despediros con demasiada efusividad. Si cada vez que salís hacéis un festival de caricias y palabras, estáis marcando la salida como un evento especial y cargado de emoción. Lo mismo al regresar: mejor saludos tranquilos, sin reforzar un estado de nerviosismo. La normalidad es el mejor regalo.
El entorno también cuenta
Dejar a un perro en un entorno aburrido aumenta las posibilidades de que se estrese. Por eso, es importante preparar la casa para que la soledad sea llevadera. Podéis dejar juguetes interactivos con premios escondidos, huesos seguros para masticar o alfombras olfativas que nos mantengan entretenidos. Algunos humanos ponen música suave o la radio para acompañar con sonidos de fondo; otros utilizan difusores de feromonas que transmiten calma.
Un detalle importante: no dejéis cosas peligrosas a nuestro alcance. Cables sueltos, basuras abiertas, objetos pequeños… Cuando estamos nerviosos, podemos intentar morder cualquier cosa. Preparad la casa como si fuera un espacio seguro para un niño curioso: menos riesgos, menos problemas.
Ejercicio físico y mental antes de la partida
Un perro que se queda solo después de un buen paseo, juegos y estimulación mental es un perro más tranquilo. Si nos dejáis energía acumulada, es como llenar un globo de aire y esperar que no explote. En cambio, si descargamos esa energía antes, la soledad se convierte en una oportunidad de descansar.
Podéis alternar: un paseo con tiempo para olfatear, unos minutos de juegos de búsqueda o un entrenamiento corto de obediencia. Todo suma para que nos sintamos satisfechos y preparados para relajarnos en vuestra ausencia.
Los falsos mitos sobre la soledad
Todavía hay quien piensa que, si un perro ladra o destroza cosas al quedarse solo, “es que es malo”. Nada más lejos de la realidad. Es un perro que sufre. Tampoco sirve de nada castigar al volver a casa: nosotros no relacionamos vuestro enfado con lo que hicimos horas antes. Lo único que conseguimos con los castigos es aumentar el miedo y la inseguridad.

Otro mito es que “ya se le pasará con el tiempo”. La ansiedad por soledad rara vez desaparece sola. Al contrario, puede intensificarse si no se aborda. La clave está en acompañar el proceso de aprendizaje, no en ignorarlo.
Cómo saber si tu perro está sufriendo
A veces los humanos no sabéis qué pasa mientras no estáis. Por suerte, hoy existen cámaras para el hogar que permiten observarnos a distancia. Es una herramienta útil: podéis ver si lloramos, si ladramos, si caminamos de un lado a otro sin parar o si simplemente dormimos. Esa información es oro para entendernos mejor y ajustar la rutina.
También podéis fijaros en lo que encontráis al llegar: babas en el suelo, puertas arañadas, vecinos que os dicen que han oído ladridos. Son pistas claras de que algo no va bien.
Cuándo pedir ayuda

Si los problemas persisten, no dudéis en pedir ayuda a un profesional del comportamiento canino. Con protocolos adecuados, paciencia y acompañamiento, se puede mejorar muchísimo. Existen programas específicos como el que usa Nano, diseñados para trabajar la ansiedad por separación de forma respetuosa y eficaz. La clave está en hacerlo bien, paso a paso, sin forzar y sin pretender que el perro aguante de golpe lo que no sabe gestionar.
La otra cara de la moneda: los humanos también aprenden
Ayudarnos a estar solos no es solo un beneficio para los perros. También os enseña a vosotros a gestionar expectativas, a planificar mejor el tiempo y a entender que las prisas y las emociones desbordadas no siempre son buenas consejeras. En este proceso, ambos aprendemos: vosotros a escucharnos mejor, y nosotros a confiar en que siempre vais a volver.
Una soledad compartida
Lo curioso es que, aunque estemos solos en casa, nunca lo estamos del todo. Llevamos vuestro olor en la cama, en las mantas, en los rincones donde os sentáis. Ese rastro es nuestro hilo invisible hacia vosotros. Por eso, muchos perros se tumban sobre vuestra ropa o buscan los lugares donde más tiempo pasáis: es nuestra forma de sentiros cerca mientras esperamos.
Al final, la soledad urbana no es un enemigo, es un reto. Con preparación, paciencia y cariño, se puede convertir en un momento de calma, no de angustia. Lo importante no es evitar que os vayáis, sino enseñarnos a confiar en que siempre regresaréis.
Aquí sigue Bailey. Aunque me haya vuelto invisible, mi rabo no ha dejado de moverse y mi voz ladra suave, desde las estrellas, para que nunca olvidéis cómo se ama a un perro.
¡¡¡Lametones a todos desde el otro lado de la correa!!!